Invierno cotidiano

La luz del ocaso recortaba la sitúela las casas en el horizonte. Los colores en el cielo se combinaban en tonos naranjas y azules, las primeras estrellas se vislumbraban en el cielo, y la luna con su cuarto menguante adornaba el cielo, y el frío del invierno se dejo sentir a través del suéter de algodón que llevaba puesto, metió entonces las manos a los bolsillos y apresuró el paso con el aire helado golpeándole el rostro apenas cubierto por una delgada bufanda.

-Maldita sea.-pensó algo molesta.-Olvidé que por estas fechas el aire corre helado.-y siguió caminando en silencio. Hacía días que no salía de casa, pues había estado trabajando duramente en su investigación sobre textos científicos en las civilizaciones milenarias; pero la verdad es que se había cansado de estar encerrada, por eso decidió salir, por eso y porque se le apetecía comprar una golosina ya que en casa no había muchas salvo por un par de mandarinas y un pedazo de ate que un vecino tuvo amabilidad de regalarle como recuerdo de su viaje.  Dobló en una esquina y entró a un centro comercial enorme, que más bien parecía una ciudad, a veces lo odiaba pero hoy agradecía haber entrado ahí, el clima era agradable y por fin sacó las manos de las bolsas para acomodarse la bufanda. Subió al elevador.

Un muchacho, un par de años más grande que ella, la esperaba en una de las mesas que estaban sobre el pasillo, él sonreía abiertamente y se levantó en cuando la vio salir del elevador.

Sumire Daisuke (o Lalaith Jigen)

Marzo 2013

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Perdido

Inmerso en la oscuridad de mi habitación, encerrado silencio aterrador, ahogado en alcohol y perdido en mi locura no puedo dejar de pensarte, de sentirte, de añorarte, de rogar que por algún motivo el azar nos vuelva a encontrar.

Cuando te fuiste me tragué mis sentimientos, ahogue mis palabras y te encaré con mil sonrisas, tristes y falsas, pero sonrisas al fin. Lograste hacerme suspirar cuando tus labios besaron suavemente mi mejilla a modo de despedida, pretendí ser fuerte delante de ti y tú, hiciste lo mismo; ambos acordamos que fue la mejor decisión, tu felicidad y mi libertad eran lo más importante.

¿No fue ésa la conclusión a la que llegamos después de días pensando qué sería de ambos?

Hoy, el lugar de nuestra despedida sigue allí, lleno de gente, de trenes que vienen y van, y parejas que como tú y yo se separan a diario –ellos tienen la certeza de volverse a ver, pero yo no sé qué ha sido de ti y de mi todos estos meses-.

Las lágrimas se derraman por mis mejillas mientras aprieto los puños tratando de ahogar los gritos que provienen de lo más profundo de mi alma. Respiro intranquilo y vuelvo a dar un trago al whiskey que alguna vez compartíamos tú y yo celebrando tu triunfo, aquél por el que luchaste casi toda tu vida, del que me hablabas ansiosa y al que le dedicaste casi todo tu tiempo para logarlo. Fue entonces cuando supe que las cosas cambiarían drásticamente, te irías y eso era inevitable. Tu felicidad era lo más importante.

Y recordé quién era yo, me propusiste estar contigo, vivir juntos, formar algo así como una familia, y tuve miedo, mucho miedo, perdería mi libertad, lo único que me quedaba después de ti. Me negué –arrepintiéndome casi de inmediato- pretextando que mi libertad no podía entregársela a nadie. Hoy se la entregué completamente a tu recuerdo.

Después de tantos meses sigo visitando la estación del tren, no puedo evitar derramar un par de lágrimas o lanzar un susurro al viento pensando en ti, esperando que alguno de los trenes lo lleve hasta donde tú estás. Aún puedo distinguir tu figura entre el tumulto de gente que entra y sale de la estación, en días como éste me aferro a la idea de verte regresar, quizás, cargando una maleta enorme, con un portafolio o simplemente acompañada de alguien más, ni yo lo sé.

Y tal vez esto ni amor sea, o si lo es, o es el whiskey que está apunto de terminarse, o la oscuridad de mi habitación que provoca que los recuerdos me invadan o el ruido sordo de la lluvia golpeando contra los cristales, o simplemente mi locura.

Suspiro por enésima vez, doy el último sorbo al whiskey y después sonrío sin ningún motivo, me pongo de pie y dejo caer la botella vacía en el sillón, doy un par de pasos hasta salir de mi habitación, abro la puerta y salgo de mi habitación, cruzo la sala hasta llegar a la puerta que da a la calle. El viento sopla tremendamente y la lluvia golpea mi rostro de lleno, mi sonrisa sigue intacta, tu recuerdo empieza a esconderse debajo de todo lo que no he perdido.

Lalaith Jigen (Octubre 2012)

Cuento de Toluca

Antes de leer: El cuento que a continuación leerá, querido lector, fue escrito con el objetivo de presentarse en el recorrido turístico-cultural de la “huaracha” (autobús turístico de la ciudad de Toluca). 

Agradezco al colectivo  que pertenezco “Distinta Alegoría” que me dio la oportunidad de participar en éste proyecto y al colectivo Caravana Artística Luna de Papel quién nos apoyó con el espacio y la invitación al evento “Música y Letras” donde se presentó éste humilde texto. 

— Ahora si, querido lector, disfrute de la lectura.–

La ciudad es fría y tranquila, algunas veces parece simplemente estar dormida y sumida en un ritmo lento que es marcado por sus habitantes que, por cierto no hablan mucho y son algo… herméticos.-explica en su carta el joven Felipe, escribía a la luz de su pequeña lámpara de escritorio, dejó por unos segundos la pluma sobre su libreta para acomodarse la cobija con la que se cubría del frio. Dio un suspiro y continuó escribiendo, quería informarle a su familia todo lo que había vivido ésta primera semana que se mudó por trabajo.-No he podido entablar amistad con las personas, parece que les hablas y se asustan, ó te evitan cuando se dan cuenta que no eres originario de aquí. Tal vez no he encontrado a las personas correctas.-terminó concluyendo y observó por la ventana.-No para de llover.-musitó viendo como las gotas chocaban contra el cristal.-Me siento un total extraño-siguió escribiendo.-Supongo que así se sienten todos cuando se mudan a un lugar que no es como el suyo.-suspiró pensando en su pequeño pueblecillo situado al norte de país.-Trataré de acostumbrarme…-dijo casi en un susurro dirigiéndose a la fotografía de sus padres que descansaba en su escritorio; sonrió al ver que el sol salió un poco y se coló por su ventana, dejó la pluma de nuevo y se puso de pie, estiró los brazos y dobló la cobija.

-Creo que es mejor ir ahora.-se colocó la sudadera, se guardó la cartera en los vaqueros y salió de su habitación.

-Buen día…-lo saludó alegremente una señora ya mayor que estaba en el rellano de la escalera.-

-Hola señora.-respondió el saludo con una sonrisa.-¿Cómo está?-preguntó con algo de cortesía, pues la señora Gutiérrez le había dado hospedaje en lo que él buscaba algún departamento.

-Bien, hijo, bien, esperando a Manuelito que regrese del Mercado 16 de Septiembre con el mandado.

-¿Qué hará de comer?-preguntó Felipe sin pensarlo, por la hora seguro que doña Sara haría la comida, le había bastado una semana para conocer su rutina.

-Bisteces a la mexicana con una sopa de pasta.-dijo con aire nostálgico y después bajó un poco la mirada.-A mi Neto le gustaba mucho ése guisado, acompañado de tortillitas y salsa, de la más picosa joven.-en sus ojos se reflejó un brillo que Felipe no había visto jamás.-Doña Sará suspiró algo triste.-Ay, mi Netito, me lo mataron hace como diez años.-comentó con tristeza juntando sus manos.-Era un día lluvioso como hoy, desde las seis de la mañana que no paraba de llover…

-¿Qué sucedió?-se atrevió a preguntar Felipe.

-Pues como todos los días mi Netito se despertó antes de qué el sol saliera de su cama, todos los días iba aquí al mercado por la verdura y la carne, siempre conseguía la más fresca, era conocido por todos en el mercado.-hizo un ademán con las manos y continuó con la historia.-Traía la comida acompañado de Manuelito, el hijo del dueño de los locales que están casi a la entrada.-explicó la señora con una sonrisa tierna.-Ése muchachito, siempre tan atento. Fíjese joven, que una vez vino a pedir la mano de mi hija… -Doña Sara movió la cabeza.-Eso pasó después de mi desgracia.-una sombra se instalo en el rostro de la vieja y apretó sus puños. Felipe escuchaba atentamente, era la primera vez, desde que había llegado a aquella casa de huéspedes que la señora se sentaba con él a charlar.-En fin… aquel día mi Netito debía ir allá a los portales, ¿los conoce? Esos que están atrás de la catedral de Toluca.-Felipe asintió, conocía ése lugar porque el primer día que llegó allí fue a comer unas tortas que le había recomendado un tío que visitó Toluca hace unos años.-

-¿Dónde está ése lugar que le llaman la concha acústica, no?-preguntó solo para confirmar.

-Así es joven, ése lugar.-afirmó Doña Sara.-Bueno, el chiste es que mi Netito fue allí a ver a sus amigos, a tomar unos mosquitos…

-¿Mosquitos?

-Un licorcito muy sabroso joven, debe probarlo.-respondió Doña Sara casi automáticamente.-Lastima que Manuelito se fue antes de que usted bajara, sino le hubiéramos encargado una botellita.-

Felipe rio un poco apenado.-No, así está bien gracias.

-Solía tomarse de dos a tres caballitos de ése licor, le encantaba, antes de desayunar, decía que le daba fuerzas y alegría para todo el día. Ese día decidió ir ahí a los portales con sus amigos, ahí justo frente a donde hoy está la placita nueva, ésa que tiene un kiosquito.-explicó.-Celebraban la boda de su ahijado, eran las noticias extraoficiales.-señaló.-Mi ahijado se casaría con una muchachita de Zinacatepec, total, qué ése día fueron a tomarse sus mosquitos cuando…-en ése momento Felipe pudo notar que la voz de Doña Sara se quebró.-Un señor, uno de esos que vienen solo de paso para irse allá a la capital, llegó a asaltarlos, Netito como era tan necio no hizo caso de las advertencias y lo enfrentó.-un par de lágrimas ya rodaban por las mejillas de la señora.-Perdone joven, pero me pone muy triste recordarlo…-se excusó limpiándose con una servilleta.-Pues bien, lo enfrentó y el señor pues me lo mató, le dio tres cuchillazos en el estómago y le quitó la cartera…

-¿Y qué paso con los otros?-preguntó Felipe algo intrigado.-

-Uno logró escapar, según me contó mi ahijado que su papá corrió hasta la calle de Juárez, ahí donde está la plaza ésa comercial y encontró una patrulla pero, los policías estaban dormidos y no llegaron a tiempo a salvar a mi Netito que murió desangrado ahí en el portal…-respondió Doña Sara Gutiérrez con el rostro inundado en lágrimas.-Llegaron dos horas después, imagínese, mi compadre logró salvarse por un pelo pues a él no lo vieron, pero a mi Netito sí, y lo mataron junto con el tío de Manuelito.-se enjugó las lágrimas.-Ay pobre Nenito, lo fuimos a enterrar al panteón municipal… de su asesino no se supo nada.

Felipe no supo que palabras decirle a Doña Sara, salvo por un simple.-Lo siento.-no dijo nada más y se sintió algo culpable, nunca había estado en ésa situación.

-Ay, joven, no se preocupe, eso ya sucedió hace años, solo que por estos días me da por recordar a mi Nenito.-dijo la señora poniéndose de pie, el timbre había sonado.-Oh, ya llegó Manuelito.-el semblante de Doña Sara cambió inmediatamente y una sonrisa, triste, pero al fin sonrisa se dibujo en su rostro y fue a abrir la puerta.

Felipe se puso de pie y regresó a su habitación en silencio, con la historia que le habían contado todavía dándole vueltas en la cabeza, sonrió para si mismo, se quitó la sudadera, abrió un poco la ventana del cuarto, vio la ciudad que poco a poco iba iluminándose bajo el sol de la tarde. Suspiró y aspiró el viento helado, regresó a su escritorio un poco más animado, tomó de nuevo su pluma.-Acabo de descubrir que ésta ciudad es más que simple frio y tranquilidad, también tiene sus historias ocultas en cada una de sus calles, por hoy es todo lo que tengo que decirles, saldré un rato a caminar y a descubrir más historias como la que acabo de escuchar, así podré conocer mejor la ciudad y entender a sus habitantes. Papá, mamá, cuídense mucho, estaré esperándolos en las próximas vacaciones.-terminó la carta y la firmó. Aquella tarde, Felipe, salió a la calle, caminó a la oficina de correos que está sobre Independencia y dejo la carta para ser enviada a sus padres, el resto del día lo paso caminando por los portales buscando historias escondidas y personas dispuestas a contarlas.

Lalaith Jigen (Septiembre 2012)

Estás perdido, perdido.

Sonrió con timidez y le besó la mejilla a modo de despedida.-Bien, descansa.-y siguió su camino hasta la sala, dejó las cobijas sobre el sillón y salió al pequeño jardín, sacó un cigarrillo de la bolsa del pantalón y lo encendió, se recargó en el pórtico y empezó a fumar mientras contemplaba el cielo estrellado. Se sentó debajo del árbol de cerezo, junto al enrejado, y dio un suspiro pensando en Asami, sonrió para si mismo, se sentía feliz y nostálgico, por primera vez en mucho tiempo estaba tranquilo.-Mírate, después de todo decidiste buscarla.-se dijo después de dar una carcajada.-Deberías pensarte qué harás con tu vida.-dio una bocanada de humo y apretó los labios.-Dejarías tu vida de ladrón, tus aventuras y hasta tus estupideces.-negó con la cabeza.-Estás perdido, perdido.-dijo en voz alta apagando la colilla del cigarro, se puso de pie y entró a la casa cuidando de no hacer ruido. Se dejó caer en el sillón y por unos minutos solo se dedicó a observar el pasillo con una sonrisa en los labios.-No eres capaz de hacer esto, tú no eres así.-se dijo quitándose el sombrero, sin pensarlo se levantó del sillón y caminó hacia la habitación de la chica, abrió la puerta con cuidado y por unos segundos solo se quedó contemplándola.-No…-dijo sacudiendo la cabeza y girándose para regresar a la sala, donde iba a dormir; no había dado si quiera el tercer paso cuando alguien lo detuvo, sintió un jalón en la ropa que lo hizo voltearse al tiempo que un beso le quitaba el aliento, en la oscuridad abrazo a Asami y cerró la puerta tras él, ella le revolvió el cabello. Acarició con suavidad el rostro de la chica, ya no pensaba en nada, solo en estar con ella, en que éste momento fuera eterno.

Lalaith Jigen (Agosto 2012)

Principio de Incertidumbre (i)

Es imposible determinar exactamente la posición y el momento (y por tanto la velocidad) de un sistema físico al mismo tiempo. Heisenberg

Es imposible determinar exactamente la posición de tus ojos, de tu sonrisa, de tu nariz, de tus cejas, de tu frene, de tu barbilla cuando te vi por primera vez.  Más imposible es determinar el momento exacto en que mi corazón dio un salto, de un momento a otro, tu sonrisa y tus ojos llenos de alegría ya me cautivaban. Imposible, también, es saber la velocidad en que tus ojos y los míos cruzaron mirada, y yo, yo me perdí en ellos.

Mi sistema físico y mental sufrieron un colapso nervioso, emocional, mental y hasta enfermizo, al querer adivinar ese momento exacto en el qué perdí toda mi nefasta estabilidad y cordura que me hicieron romper aquellas promesas que algún día grité con el rostro inundado en lágrimas… sigo esperando una respuesta.

Mi cuerpo se turba al pensarte, al verte, al oírte e incluso al imaginar que no puedo captar el momento, la posición y la velocidad exacta de mis sentimientos contra los tuyos.

Sin saber qué, cómo, cuándo, por qué, por qué… ¿Por qué?

Sigo sin encontrar la respuesta, es mera incertidumbre, tal vez rememore los momentos cruciales… probabilidades, nada más qué eso, meras probabilidades de encontrar el momento.

¿Qué momento? ¿Qué respuesta? ¿Qué espero de tus ojos mirándome por encima de esas gafas? ¿Qué espero de tu sonrisa sincera cuándo me cruzo contigo en algún lugar? ¿Qué espero de esta incertidumbre? ¿Qué espero de esta probabilidad?

Es imposible… es imposible determinarlo… es imposible marcar sobre una línea del tiempo lo qué nos sucedió.

Es imposible…  simplemente, imposible encontrarle una respuesta a esto.

Lalaith Jigen (Abril 2012)

Reflexiones en Domingo.

Sobre el trabajo de escribir, los personajes de uno y los ajenos.

Escribir no es nada más plasmar las palabras en el papel, escribir lleva a más cosas, es involucrarse en las situaciones y meterse a los zapatos de tus personajes, llorar sus tristezas y reir con sus alegrías, o simplemente estar a la espera para saber de qué manera los conducirás su corta vida, la que se le ha dado por medio de las palabras y las ideas. Es muy difícil escribir con un personaje cuando te encariñas con él o lo sientes parte de tí, cuando sabes que es complicado y lo complicas aún más, cuando sabes que ni tú mismo podrías salir de la situación en la que lo metiste. La escritura va más lejos de plasmar, es el hecho de convertirte en el personaje y mirar a través de sus ojos.

Cuando escribo un texto nunca pienso en el personaje perfecto, lo describo incluso de una forma que no es la mejor, imaginándome que tal vez es solo un alter-ego, una parte de mi personalidad; algo que me fascina es que trato de describir sus más penosos defectos ocultando tras todo eso una pizca de humanidad, una pizca de felicidad.

Soy una loca que se engancha fácilmente con un personaje, generalmente no son los principales o los más perfectos. Me gustan esos personajes que detrás de toda su participación en la historia tienen un poco de misterio y de tristezas escondidas, no son el personaje perfecto que sale triunfante, no son el héroe de la historia, muchas veces ni siquiera son reconocidos por sus actos. Tengo mis personajes predilectos (como cualquier freak, otaku) con los cuales he llegado a identificarme de alguna manera, es difícil, muchas veces, verse reflejado de esa manera.

-Lalaith Jigen- (Marzo/Junio 2012) 

Historia de un sombrero

La ciudad, es el lugar más salvaje y más humano que se puede encontrar, allí hay sumergidos miles de rostros, sombras, sonidos, luminarias, piedras, edificios, árboles, basura, autos, escándalos, ropas y un sombrero.

Pasea, camina, sin mucho que pensar, sumergido en esa mescolanza de objetos animados y personas inanimadas, sus paso ligeros, apurados se dirigen a un lugar en particular, dónde por algunos minutos escapará de la realidad de la imponente ciudad y carteles iluminados.

Cruza una puerta de madera, atraviesa el umbral a otra realidad, con respeto se quita el sombrero que le cubre los ojos, la cabeza, el cabello, las ideas. Pasea la vista varías veces buscando algo conocido, algo desconocido, y, por fin lo encontró.

Sin proponérselo volvió a colocarse el sombrero negro con el que suele cubrir las ideas y sus ojos, fue al sitio que más le gusto, aquél alejado de todo, alejado hasta de la propia irrealidad del lugar.

Sentado, con el sombrero a la altura de los ojos, escuchando el silencio magnifico que inundaba el lugar y mirando a los andantes invisibles sonrió sin darse cuenta, o tal vez sí se dio cuenta.

Alguien se paro frente a él, sin qué esto hubiera sido planeado, sin qué lo hubiera escrito el dedo divino que traza los destino, aquella jugarreta emocional no era cosa de los designios celestiales.

Volvió a quitarse el sombrero, como un gesto automático que no controlaba, fue hundiendo sus ojos en la mirada extraña que se sostenía frente a sus ojos. El corazón palpitó rápido, los dedos se le crisparon de nervios, la oleada de mariposas en el estomago se dejo sentir pero, no se movió.

Minutos pasaron antes de que hiciera algún otro ademán, antes de que le fuera arrebatado su sombrero y sus ideas quedarán al descubierto. Rogaba que le regresarán aquél objeto qué ya era parte de su persona, qué lo ayudaba, quizás, a concentrarse, a sentirse seguro y hasta a sentirse completo.

La sonrisa burlona y coqueta dibujada frente a él lo hizo pensar cómo recuperaría el sombrero, sólo suspiró, apretó los dientes y movió los labios, su voz sonó más bien a una suave melodía.

Unas notas rítmicas se dejaron escuchar a forma de respuesta, negativa y graciosa. Sin su sombrero no era nada pero, el sombrero, sobre ése cabello y ése rostro, lo era todo.

Sus pasos habían sido tímidos, sin el mayor riesgo, quería permanecer intacto pero, necesitaba recuperar aquello que le arrebataron, con lentitud acercó el rostro al otro rostro, junto con cuidado sus labios, saboreó un momento y por último hundió su lengua con brusquedad, con ternura, con pasión.

El sombrero cayó sobre el cemento de la calle, los dos amantes seguían conectados a través de sus bocas cuando llegó una leve brisa que los hizo separarse. La mano temblorosa levantó el sombrero del suelo y lo colocó sobre la cabeza enamorada, cruzaron una puerta de madera y el par de almas se confundieron con el bullicio de la ciudad.

Lalaith Jigen