#Microtextos (#5 y #6)

(serie)

#microtextos es una serie con la que pretendo contar estas historias encaprichadas en mi mente que no tienen conexión alguna entre ellas.

#5

Después de colocar la bala en uno de los seis espacios, giró el tambor, respiraba hondo tratando de tranquilizar los nervios. Sonrió antes de jalar el gatillo y cerró los ojos. Un ruido sordo inundo la habitación al tiempo que caía un hombre frente a sus ojos.

#6

El zapato se hundió en cámara lenta hasta el fondo del charco salpicando, también en cámara lenta, todo lo que estaba a su alrededor.

Sumire Daisuke (o Lalaith Jigen)

Febrero/Marzo 2015

(sin título)

Se quedó de pie con el revólver apretado en el puño sin apartar su vista del auto que se alejaba poco sobre la carretera, su respiración parecía ir al ritmo de las gotas de lluvia que le golpeaban el rostro. Estaba temblando de frío pues la lluvia helada le empapó la ropa, sus manos estaban manchadas de sangre y olían a pólvora, sentía como se le enfriaban al contacto con las ráfagas de aire que corrían en aquel lugar.

No hizo el menor esfuerzo por moverse, su vista seguía fija en el horizonte.

En la garganta se le habían quedado todas las palabras que habría querido decirle, lo ahogaban y no lo dejaban echarse a llorar. Dejó caer el revólver sin darse cuenta, y de sus ojos brotaban algunas lágrimas que le nublaron la vista; por un momento quiso echarse a correr detrás del auto para alcanzarlo y sacarse todas las palabras que le apretaban la garganta pero sus piernas ni siquiera hicieron el esfuerzo de moverse. Recordó las palabras exactas que tanto le lastimaron y el silencio que dejó como respuesta, del cual se arrepintió casi al instante. Pudo haber sido peor, se dijo tragando saliva.

Sumido en sus pensamientos no se dio cuenta de que las luces de otro auto lo iluminaban haciendo que su sombra se dibujara en el suelo. Un pitido lo hizo reaccionar y volvió la vista por unos instantes, sonrió y se inclinó para tomar el revólver, era hora de irse.

Sumire Daisuke (o Lalaith Jigen)

Mayo 02 2014

#Microtextos (#3 y #4)

(serie)

#microtextos es una serie con la que pretendo contar estas historias encaprichadas en mi mente que no tienen conexión alguna entre ellas.

#3
Guardó silencio después de escuchar el mensaje que le envío su padre conmigo, me miró con ojos melancólicos cerrando el libro que tenía entre las manos. En todo el tiempo que llevo de conocerlo jamás  lo había visto reaccionar de esa manera, juraba que tenía los nervios de acero pero sus manos estaban temblorosas y con voz  entrecortada me dijo que le dejara solo, asentí en silencio y  salí del estudio empujando la puerta. Segundos después lo escuché sollozar.

#4
No escuchó nada cuando su cuerpo golpeó contra el suelo. No intentó levantarse, no intentó moverse,no intentó pedir auxilio. Observó algunos pares de pies acercándose a él, se detenían a unos pasos. Escuchó murmullos de gente preocupada. Alguien sugirió hablar a la policía. Alcanzó a percibir un leve olor a sangre, y sintió sus huesos destrozados. El pavimento le rozaba la mejilla y su mano estaba atorada entre su cuerpo y el suelo. Alguien se acercó a él. -Algún paramédico, pensó al momento que le tomaron el pulso. Lo acomodaron boca arriba. Pudo distinguir cada una de las estrellas que adornaban el cielo. Intentó sonreír, algo que lo hizo olvidar el olor a sangre. Sintió como su cuerpo se iba enfriando. Su vista se perdió en el cielo estrellado. Una mano cálida cerró sus párpados, y su cuerpo inerte fue cubierto por sabanas blancas.

Sumire Daisuke (o Lalaith Jigen)

Febrero/Marzo 2014

Hijo Conejo

Hijo conejoEra una mujer vestida de negro, un vestido entallado, largo y algo lúgubre. La vio entrar con la cabeza cubierta por un velo y un sombrero gastado, viejo como si hubiera sido sacado de algún armario de antigüedades. El hombre que estaba en el mostrador la miró extrañado, jamás la había visto por aquellos rumbos. -¿Qué desea?-preguntó cuándo ella se acercó con un bulto entre los brazos.-Necesito un féretro para él.-extendió un poco lo brazos, el tendero se sorprendió, la mujer cargaba un conejo color gris; a pesar de estar muerto el animal estaba cuidadosamente peinado, su pelo lucia brillante y limpio, en el cuello pudo ver que relucía una placa color plata. Levantó la vista hacia la dama y a través de su velo pudo percatarse de que su rostro estaba empapado de lágrimas. -Lo siento, no puedo hacer nada, aquí únicamente vendemos féretros… -Quiero uno.-lo interrumpió con voz llorosa. -Señora, puede llevarlo con un veterinario, allí los inci… -No pretendo que incineren a mi hijo como si fuese un animal.-soltó la dama entre sollozos. El hombre guardó silencio después de escuchar aquello, no puede ser, seguramente está loca, pensó y con la mirada buscó la guía telefónica. -Lo siento señora, pero para venderle un féretro necesito el acta de defunción de la persona.-tomó la guía telefónica y la colocó sobre el mostrador.-Puedo darle el teléfono de alguna funeraria de anim… -¡Se lo ruego!-exclamó la dama sin dejarlo terminar.-Mi hijo murió y necesita un entierro digno. -miró aún más extrañado a la dama, no comprendía porqué insistía tanto en que ese conejo era su hijo.-Lo más sensato es que pida ayuda.-dijo en voz baja y abrió la guía. -¿Acaso no tendrá piedad de mí? ¿No comprende el dolor de una madre? La miro de soslayo y sonrió tristemente, de pronto las palabras de la dama le recordaron a un pariente suyo que había perdido a sus hijos en un accidente. -Puedo prestarle un féretro, pero debe regresarlo.-cerró la guía. -¿Y los preparativos para la velación? -Hay una sala de velación que nadie usa.-y señaló con la cabeza un pasillo que estaba al fondo-Es la última.-le dijo, tomó las llaves. -Pero… -Es un cuerpo pequeño, no necesita nada más que lo recuesten. El hombre se acercó a una enorme puerta que estaba detrás del mostrador. -Gracias, en verdad.-la voz llorosa de la mujer parecía estar tranquila. -No tiene que agradecer nada.-del enorme armario sacó un féretro pequeño, color blanco, y sin adorno alguno. Sin decir nada condujo a la dama hasta la pequeña sala de velación. Colocaron el pequeño cuerpo del conejo dentro del féretro y encendieron un par de velas. La señora se quedó de pie con el rostro inundado en lágrimas, él se sentó en una de las sillas, entendió que esa mujer necesitaba compañía en un momento así. Estuvo con ella cerca de una hora, consultó el reloj un par de veces. -Debo irme.-dijo levantando la mirada. La dama seguía inmóvil junto al féretro.-En unos minutos estará aquí la persona que cubre el siguiente turno y yo tengo ir a casa.-la mujer no respondió.-Dejaré dicho que no la molesten. Salió de la sala y se encontró a su compañero.- Hay una sala ocupada, la pequeña. -le indicó.-Me pidieron que no los molestemos.-su compañero asintió con indiferencia. Salió de la agencia funeraria pensando en lo que acaba de vivir, después decidió no darle mucha importancia, cuando la gente pierde un ser querido actúa de forma extraña, lo había aprendido en años de trabajo. Dobló a la esquina y atravesó la calle, abordó el autobús y llegó a casa vencido por el cansancio.

Yola Reyes  (Febrero 2014)

Ilustración: Miguel Rebolledo (Enero 2014)

#Microtextos (#1 y #2)

(serie)

-Cuando uno está atareado de trabajo o en un tiempo de ocio , a veces llegan relatos a la mente y por muy cortos que sean merecen ser escritos. Aquí inicio la serie #microtextos, con la que pretendo contar estas historias encaprichadas en mi mente y que no tienen conexión alguna entre ellas.-

#1
Me sentí perdido en la inmensidad de los documentos y carpetas que invadían la oficina, parecía como si ellos quisieran  devorarme, cada minuto que pasaba sentado ante el escritorio y distraídamente miraba la computadora, las gavetas y archiveros  se acercaban sin que me diera cuenta; el aire era asfixiante, se percibía un leve olor a papel viejo y a humedad. Cada tanto volvía mi vista a la puerta para asegurarme de que está no fuera a ser flanqueada por los archivos que me agobiaban, necesitaba huir en cuanto pudiera y estar seguro de que la única salida de ese lugar estuviera libre. Me aterraba pensar que podía quedar atrapado entre tantos documentos que perdieron su valor conforme todo se actualizaba. Podría jurar que escuché murmullos entre cada  una de las carpetas, como si quisieran volverme loco; apuré el paso con el trabajo que hacía y traté de concentrarme en la puerta que parecía encogerse con el paso de las horas.

#2
El metro es el peor lugar para meditar, dijo en voz alta cuando metía el boleto en el torniquete y le daba vuelta a la barra que  le daba acceso al andén que se encontraba atiborrado de gente. Esperó en un lugar apartado, casi no soportaba el gentío y el murmullo de todas las voces mezcladas. El tren arribó a la estación unos cinco minutos después, abrió sus puertas y todos  entraron amontonados, también odiaba eso. Logró encontrar un lugar en una de las ventanillas, con desgana se sentó, abrazó el  portafolios y se perdió en sus pensamientos. Llegó a casa abatido  por el cansancio, su cabeza era un mar de dudas pero no quedaba tiempo para meditar, por la mañana tenía que levantarse temprano, se metió a la cama y durmió como tronco.

Sumire Daisuke (o Lalaith Jigen)

Enero/09/2014

Huir a las 4 a.m.

Se había quedado solo, totalmente solo, sin nadie en quién confiar, aquellos hombres que le prometieron tantas cosas lo traicionaron de la manera más vil, si no hubiera sido por un tipo de chaqueta verde estaría perdido o muerto. Caminaba perdido entre las calles oscuras de la ciudad, entre los callejones llenos de cubos de basura y gatos que buscaban algo que comer, no veía gran cosa, unas cuantas paredes, ventanas con vidrios rotos y puertas de madera despostilladas, había también vagabundos durmiendo junto a las paredes de ladrillo descarapeladas. Decidió que lo mejor era salir de ahí, incluso largarse de la ciudad.

-Si me encuentran terminaré muerto.-se acomodó el saco viejo para cubrirse de la llovizna.-Apesta este lugar.-dijo caminando un poco más rápido sin importarle pisar los charcos, buscando con su mano que el revolver aún estuviera en su lugar.-Bien, ahora hay que pensar a dónde ir.-salió a la avenida principal y la luz blanca de las luminarias lo deslumbró.-Joder.-dijo cubriéndose los ojos con la mano mientras su vista se acostumbraba. Sin importarle que la lluvia se había intensificado, y le empapaba la ropa, caminó rumbo a la terminal de autobuses y consultó la hora. –Mírate, quién diría que a las cuatro de la mañana de un lunes te daría por huir.-guardó sus manos en los bolsillos del pantalón y siguió andando.

Pensaba en tantas cosas que no se percató de los primeros ruidos de la madrugada, estaba totalmente confundido.-Date por vencido.-se dijo al pensar que no encontraría un lugar seguro, lo buscaban, eso era claro, lo eliminarían y así terminaría su vida, lo supo desde que entró a trabajar con aquellos hombres.-No tenía otra opción.-pateó una lata vacía y doblo en una calle secundaría donde ya había gente aglomerada, faltaba poco para llegar a la central de autobuses.-Es lo único que pude hacer… después de que murió.-pensó en su madre, aquello lo entristecía un poco aunque se sintió tranquilo, después de todo ella estaba mejor así, la enfermedad que la había matado la estaba haciendo sufrir al punto que incluso el sacerdote de la iglesia local le había dicho que era lo mejor. Suspiró al tiempo que entraba a la central de autobuses, los guardias no le quitaban la mirada de encima e incluso se dijeron algo a modo de señas.-

-No soy ningún vagabundo.-dijo mostrando el carnet falso que consiguió cuando era menor de edad.-Además está lloviendo bastante fuerte, venía caminando desde la estación de tren y no conté con que lloviera de ésta manera.-uno de los guardias había bloqueado la entrada.

-Bien señor, disculpe.-el guardia se hizo a un lado y lo dejó pasar.-Ha habido bastante vago queriendo dormir aquí dentro.-

-Yo no vengo a dormir.-dijo haciéndose el ofendido.-¡Qué no ve mi carnet!-se lo puso en los ojos.-Soy un prestigioso investigador y en menos de treinta minutos sale mi autobús.-fingió estar bastante molesto.-

-Señor…-el guardia entrecerró los ojos para poder leer lo que decía el carnet.-Hitachi

-El mismo.-dijo con indignación.-¿Me va a dejar pasar o no?-el guardia se volvió a ver a sus compañeros que guardaban silencio cómo queriendo encontrar una respuesta.-

-¿Qué sucede?-preguntó entonces una voz femenina detrás de él.-¿Por qué hay tantos guardias en la entrada?-

El falso Hitachi volvió la vista, había una chica de pie unos cuantos pasos detrás de él.-Un mal entendido, señorita.-dijo el guardia que había bloqueado la entrada.

-¿Un mal entendido?-ella pasó de largo sin mirarlo.-Si tienen algún problema deberían solucionarlo en otro lugar, aquí hay gente que tiene que llegar a abordar su autobús.-y cruzó la puerta, el detector de metales emitió una alarma casi insonora y una luz verde.-

-Disculpe, señor Hitachi. Jamás volverá a pasar.-

-Eso espero.-dijo apretando los dientes y guardó el carnet.-Ahora tienes que buscar dinero, comprar un billete y largarte de aquí lo antes posible.-pensó ignorando las disculpas de los guardias.

Al entrar a la central se quedó mirando la casi vacía sala de espera.-Y yo que tenía planes de pasar aquí el resto de la mañana.-buscó dinero en su bolsillo y sintió un billete.-El último que me queda.-se acercó a la primera ventanilla que vio, estaban formadas cerca de cinco personas. Leyó el letrero, el autobús más próximo salía en quince minutos.-Ése será.-dio un paso pero su pie se topó con un bulto y un ruido sordo se dejó escuchar.

-No tiene porque hacerlo.-escuchó una voz amable cuando se agachó con la intención de levantar la maleta, él alzó un poco la vista.-Le pido una disculpa.

-Pero si yo la tiré.-la pudo ver bien, era una chica bonita y sencilla. Llevaba el cabello agarrado en una coleta algo despeinada, no llevaba maquillaje pero unos lentes de pasta verde se anteponían a sus ojos, por cierto, eran negro azabache y la nariz un poco chata.-Déjame ayudarte.-dijo y de la manija tomó la maleta para levantarla.-Dios, qué cargas.-con un esfuerzo mayor la puso de nuevo sobre sus cuatro ruedas.

-Gracias, de verdad no lo hubieras hecho.

-Bueno, ya lo hice.-sonrió sin darse cuenta.

-Siguiente.-dijo una voz chillona haciendo que aquel momento se rompiera, la chica se volvió a la taquilla, sacó de su bolsa una cartera que parecía de mezclilla y compró el billete de autobús. El falso Hitachi trató de escuchar el lugar a donde iría la muchacha.

-Buen viaje.-le dijo ella saliendo de la fila y jalando la maleta.-Qué tengas suerte.-se despidió de él y se alejó hasta perderse en el anden siete.

Sin pensarlo dos veces compro su billete de autobús al mismo lugar que había pedido la chica, no sabía por qué, pero eso le hizo sentirse tranquilo y olvidarse por un momento de que no tenía idea de lo que pasaría después.-Gracias.-tomó el billete, se echo el cambio al bolsillo y se dirigió hasta el anden número siete. Al final del anden justo en la puerta de abordaje un muchacho de no más de veinte años le pidió el billete.

-Su autobús es el 318.-dijo con voz monótona devolviéndole la mitad del billete.

-Gracias.-dijo subiendo los tres escalones del autobús, arrugó el billete entre su mano y buscó con la mirada un lugar disponible, por suerte encontró uno y fue a sentarse en la tercera fila de lado de la ventana izquierda. A la chica no la encontró.

-Seguramente abordo un autobús diferente.-se dijo quitándose el sombrero y sacudiéndose el cabello con la mano. Recargó su cabeza en la ventanilla y se puso el sombrero sobre las piernas sujetándolo con las manos, cerró los ojos y el cansancio lo venció. 

Sumire Daisuke (o Lalaith Jigen)

Junio 2013

Nota:  Tengo la inquietud de continuarla aunque a veces lo dudo.

Tiroteo

Todo había comenzado hace casi tres semanas; si no hubiera sido por ése maldito disparo que desató confusión en el bar nada de esto estaría pasando. Se sentó en el piso trabajosamente y se llevó la mano a su hombro derecho que estaba herido y que aún sangraba a pesar de que lo había vendado con un pedazo de su camisa. Lo único que tenía para cubrirse del frio era su saco que ya había perdido lo elegante desde hace días.  Respiraba con dificultad, estaba cansado, hambriento, sediento, no había dormido en noches y no sabía qué sería de él. Cerró los ojos un momento y tomó aire, recargó la espalda contra la pared helada y trató de tranquilizarse; en verdad estaba asustado. Apretó su mano contra el hombro herido. -No puedo continuar así, debo encontrar un refugió o moriré-pensó y su cuerpo tiritó de frío, la nieve había comenzado a caer.-Maldita sea.-dijo tratando de levantarse pero sus piernas flaquearon, se alcanzó a sostener de la pared y caminó sin dejar de recargarse en ella, la izquierda seguía apretando el hombro empapado de sangre. Así llegó hasta el final del callejón y a unos cuantos pasos vio lo que parecía ser un hostal de mala muerte.

-Una habitación… por favor.-su voz ya era débil y el recepcionista que estaba de espaldas apenas lo escuchó.

-¡Por Dios!-exclamó el hombre al verlo.

-Deme una habitación, es todo lo que necesito.-dijo con las pocas fuerzas que le quedaban. No pudo si quiera distinguir los rasgos del hombre de la recepción.-

-Usted no necesita una habitación.-el hombre descolgó el teléfono y marcó algún número.-

-Deme una hab…-no pudo terminar la frase cuando sus piernas dejaron de responderle y todo se puso negro, lo último que escuchó fue un lejano grito de auxilio.

Sumire Daisuke (o Lalaith Jigen)

Abril 2013