Una pequeña taza, una callejuela escondida, una melodía que hace fluir los recuerdos.-¿Qué recuerdos?-se pregunta la chica dejando de lado  la pluma fuente con la que escribía los lugares que debía visitar antes de llegar a casa.-¿Qué recuerdos?-volvió a repetirse y perdió la cuenta de los lugares a los que iría; frustrada trató de concentrarse… no lo logró, no pudo lograrlo. Cerró la libreta de golpe, llamó al mesero y pago la cuenta. Se acomodo la bufanda para cubrirse del frio que se sentía en la calle. Caminó algunas cuadras hacía el Norte, iría a ver a un cliente, quería que le resolviera los problemas fiscales de su compañía.-¡A quién le importa su compañía!-exclamó entrando al edificio de fachada moderna, un joven la recibió.-Buenos días.-le dijo atento con una sonrisita fingida.

-Vengo a buscar al señor Fierro.-dijo la chica sacando su agenda y corroborando su cita. El joven recepcionista asintió.-

-Le diré que ya ha llegado, puede esperarlo en nuestra salita.-el joven señaló un par de sillones, ocupados por cierto. La joven caminó a la salita… otra vez esa melodía, otra vez esa callejuela le venía a la mente… era como si recordara algo que no recordaba haber vivido.-Suena complicado-dijo para si.-

-Es complicado.-dijo un hombre que venía hacía ella, era el señor Fierro.-Buen día señorita.-

-Buenos días.-

-Pasamos a mi oficina.-le dijo el señor amable. Ahí estuvieron discutiendo sobre asuntos fiscales y legales lo cual la dejo aturdida, pero al menos le ayudo que después de eso tendría que ir a su oficina, con su socio, un pobre viejo que tenía una compañía de seguros… para bicicletas. Aquello le causaba gracia ¿Quién en su sano juicio abriría una aseguradora de bicicletas?, aceptó el trabajo por sus padres, el viejo al que ayudaba, más bien su socio, era un conocido de la familia, quién necesitaba asesorías y alguien que le ayudase a administrar la compañía, además le dejaba tener su propia oficina y recibir ahí a todos los clientes que asesoraba fiscalmente. Paso el día intranquila, sabía que tenía que ir a otros lugares, pero no lograba recordar a donde… lo único que daba vueltas en su cabeza aquella melodía y la callejuela, de vez en vez un aroma a café. Se puso de pie y fue a cerrar la puerta de la oficina, no deseaba ser molestada. Se paro frente a la ventana y dejo caer de sus ojos un par de lágrimas.-¿Por qué lloro?-se preguntaba sin dejar de hacerlo, la garganta se le hizo nudo y la tristeza la invadió.

Había en su cabeza vagos recuerdos que se iban haciendo cada vez más presentes, más reales… la callejuela, el aroma a café, incluso una melodía, una melodía que salía de un violín a lo lejos.

Hacía un poco de frio y el suave sonido del violín se escuchaba a unos metros, estaba de pie en una callejuela; había algunos árboles aquí y allá, adornaban bellamente la calle, el atardecer avanzaba lentamente, las casas parecían un poco viejas y descuidadas.-

-Escúchame…-le dijo alguien, giró de pronto hacía atrás, había un hombre que la veía sonriente; la joven se quedo inmóvil sin saber quién era o qué estaba pasando, pero sintió como su cuerpo tembló de emoción al escucharlo, al verlo; sin darse cuenta le respondió la sonrisa.-Te ves más bella aún.-dijo él parándose frente a ella, sin darle tiempo si quiera de dar un suspiro los labios de él estaban ya sobre los suyos, dándole un dulce beso, un beso que la hizo sentir un escalofrío desde la punta de los dedos hasta los cabellos. Las manos de él le acariciaban con delicadeza el cuello y bajaban lentamente por los hombros desnudos hasta chocar con los pliegues del hermoso vestido que llevaba puesto. Ella en cambio solo lo abrazo con fuerza aspirando su aroma a café. Separaron sus bocas y la miro a los ojos llorosos sonriéndole.-Escúchame.-dijo de nuevo él.-Escúchame, no te dejaré sola jamás, estaré ahí contigo, estaré en tus más escondidos recuerdos. Estaré contigo porque ni en mis tus más profundos pensamientos te dejaré sola…

 

…nunca estarás sola, estaré contigo…-las palabras sonaban en su cabeza como un eco, sonaron durante días; el recuerdo de aquel beso lo mantuvo presente por semanas, trataba de olvidarlo al besar a otros hombres, al dejar que otros le acariciaran los hombros, pero no lo lograba, nadie lo lograba. Enojada busco refugio en otros brazos, en otros ojos, incluso en otras camas.-¡Qué importaba!-pensaba.-Jamás encontraría esas manos, esos labios, esa mirada. Se dio por vencida, se pie en medio de la sala, con la luz apagada y todo en silencio.

-No estarás sola…-unas manos la sujetaron firmemente de la cintura, unos labios asaltaron su cuello.-

-Creí que no regresarías.-dijo ella en un susurro cerrando los ojos, sintiendo las manos del hombre recorrerla con ternura cada curva de su cuerpo, sus labios marcando cada rincón de su cuerpo. La noche paso en medio de las sábanas y los besos, pero jamás amaneció. Después de aquella noche la joven no regreso a su despacho de la asegura, no llego a la cita con su cliente de la compañía con problemas fiscales y su amante de la oficina abandonó el hotel de paso después de dos horas esperándola.

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Yola Reyes.

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