Hace años, se dice, cuando la Tierra no tenía memoria ni pesares antiguas razas las habitaron, tan grandes que su destrucción puede compararse con su grandeza. Se dice que los grandes reyes vinieron a habitarla y a dejar una huella que nunca, en los siglos venideros, fue encontrada. Aquellos habitantes amaban a sus semejantes, a sus bosques, a sus mares, a sus selvas, a sus montañas y a cuanto los rodeaba, aquellos seres valoraban la paz y odiaban la guerra, pero esto no los hacía peores guerreros puesto que cuando los grandes males empezaron a invadirlos forjaron grandes y poderosas espadas, construyeron arcos y flechas con gran precisión, las lanzas se hicieron con piedras encontradas en las más altas cimas donde el cielo parece mezclarse con la tierra y las estrellas están a solo un palmo; grandes fueron estos Maestros Herreros y de la Armería y mucho más grandes los  guerreros, aquellos que en su corazón relucía la paz, la ternura, la esperanza y la libertad.

De estos guerreros, se conoce la historia de uno, su nombre nadie lo sabe, lo único que ahora se recuerda es su hazaña; se dice que este guerrero quien dominaba las artes de la esgrima y la arquería, así como también el canto y la música, él vivía en un bosque, cerca de las Montañas Estrelladas, llamadas así porque la cima era tan alta que parecía que las estrellas habitaban la misma montaña; vivía solo y era heredero de aquellas tierras, gobernaba el pequeño poblado de los Astros, donde vivían algunas familias originarias del lugar y otras tantas eran de viajeros que llegaban de tierras lejanas tratando alcanzar la cima de esas montañas; aquel hombre fue muy querido entre los suyos y también los extranjeros de aquella aldea, pues era noble y poco orgulloso, ayudaba a los necesitados y amaba la libertad; pero la gente que lo conocía más a fondo muchas veces se preocupaba por él puesto que había días completos en los que desaparecía sin decir nada, siempre se dirigía a las Montañas Estrelladas, muchos dicen que ahí moraba su amada, otros que allí conservaba conversación con los grandes seres de las montañas y que se alimentaba de su sabiduría, y algunos comentaban que iba a llorar ahí con la soledad, su gran compañera. Ahora bien, este hombre, tan valiente y tan noble con su pueblo, subía a las Montañas Estrelladas por días, dejando a cargo a su hermano menor, de quien si se conserva su nombre, pero nadie lo menciona, pues él era muy diferente a su hermano, se dice que su carácter era el de un servidor de la oscuridad y que era experto en las artes de la sombra. Ahora bien, el guerrero solía salir durante los meses de otoño e invierno, caminaba largos caminos hasta llegar al pie de las montañas y cruzaba los bosques, siempre iba cubierto con una capa extraña, que parecía confundirlo con el paisaje y lo protegía, armado con espada y arco, porque a pesar de que en aquellos tiempos se vivía en paz, había quienes trataban de oscurecer los alegres días. Este hombre subía las montañas con paso firme, conocía muy bien aquellos acantilados y senderos, pues se decía que cuando era pequeño uno de los pobladores de las altas cumbres vino con él y fue su aprendiz por mucho tiempo, llevándolo a explorar los más peligrosos lugares; caminaba por días enteros sin darse cuenta si el sol alumbraba o la luna lo cobijaba; después de días de caminata en soledad llegaba a un pequeño acantilado, imposible de ver con los ojos de los hombres comunes, pero que él lograba vislumbrarlo, donde se internaba hasta llegar a un gran reino, o lo que fue un gran reino, aquel lugar estaba repleto de casas de hermosos tonos grises y blancos confundiéndose con la montaña, allí se detenía y se quedaba admirando la grandeza de la gran ciudad de los moradores de las alturas quienes, se dice, dieron nombre a las estrellas y a todo lo que habitaba en el Tierra. Allí lo recibía una dama hermosa, pariente del gobernante de aquella morada, quien con sus palabras le alegraba el corazón, ella que era una doncella erudita en el arte de la curación y de la herrería, quien de su padre heredo el taller más importante de Armería. Ambos eran vistos por los moradores de las alturas a la orilla de grandes acantilados, abrazados en silencio, o también por los bosques altos charlando alegremente, ella le regalaba armas hechas con sus propias manos y él las portaba orgulloso, pues, un arma hecha por los moradores de las alturas era un tesoro hermoso que los hombres de los bosques apreciaban; él le regalaba hermosas palabras y canciones, que en estos tiempos han sido olvidadas, que eran cantadas en los alegres días, cuando el hombre era bien recibido en aquellas tierras altas. Así pasaron muchos años y este guerrero desaparecía en el ocaso de los años, en las estaciones donde el corazón es más vulnerable. Un día de otoño en que las hojas caían de los árboles y uno podía oírlas crujir, el guerrero tomo sus cosas y se dispuso a viajar cuando su hermano en el umbral de la casa lo detuvo:

-¡Oh Hijo de Grandes Reyes! ¿Es que volverás a partir?-exclamó el hermano con cierta pena.

-¡Vuestra persona sabe que es hora de que me vaya, es la época del año en la que me esperan los moradores de las alturas! Y no puedo faltar pues ellos nos han dado su sabiduría y su protección durante años.-respondió el guerrero.

-Oh, querido hermano, si esa es vuestra voluntad entonces partir en paz, no os detendré, perdona mí persona terca… pero es que cuando vos partes el pueblo entero murmura cosas espantosas de mí y de ti.-

-No hagáis caso a los rumores, son solo eso, recuerda que somos hijos de grandes hombres y tenemos que ser nobles para gobernar. Pues si algún día yo no regreso, vos serás el responsable de continuar con el legado de nuestra Casa.-

-Ve, entonces, con los moradores de las alturas querido hermano, pero esta vez, permitidme ser tu compañía hasta donde me sea posible.-rogó el hermano.

-Bien, si vos queréis eso, os doy licencia para acompañarme hasta donde yo ordene, puesto que hay senderos que yo no puedo mostraros y cuyo secreto debo guardar con celo.- Pues bien, aquel día los dos hermanos partieron a las montañas, el sol se ocultaba. Ambos caminaron durante días.

En la morada de las alturas había pasado ya una estación y el guerrero no se hacía presente, el Rey ordenó a todos sus exploradores buscar al valeroso hombre, pero de él no se conoció noticia alguna.

-Lo único que sabemos, ¡Oh Gran Rey de las Alturas!, es que su hermano regreso a la aldea, oscurecido por una sombra, que se dice, será mortal para nuestros grandes días.-dijo un explorador ante el Rey de la morada alta. La Dama Herrera que estaba presente, se dice, que después de aquella noticia quedo sucumbida por una sombra terrible que le arrebato la vida en pocos días.

-.Yola Reyes.-

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